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Hablar de elección, en el caso de las mujeres sin recursos económicos, sin formación y sin papeles para las que son inmigrantes, es ya de por sí, una falacia. La mayor parte de los trabajos a los que pueden acceder las mujeres con estas características tienen unas penosas condiciones, con horarios interminables, salarios pequeños y tipos de trabajo poco satisfactorios y con poco prestigio social: trabajadoras domésticas, cuidadoras de niños, enfermos y personas mayores, recolectoras agrícolas, etc. Ninguna de estas actividades se podrían considerar dignas de ser elegidas libremente, sino fuera por necesidades económicas. En este contexto, elegir una opción que resulta más rentable no parece que sea tan disparatado.
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si hablamos de las mujeres inmigrantes las cosas parecen aún más complicadas. Las mujeres inmigrantes llegan sin papeles y con una necesidad urgente de ganar dinero, tanto para pagar el viaje como para mandarlo a las hijas/hijos que dejaron en sus países. Sin permiso de trabajo ni residencia y sin

contactos, los trabajos a los que pueden aspirar son aún más reducidos que las mujeres populares de nuestro país y en peores condiciones. El servicio doméstico y el cuidado de enfermos y personas mayores, juntamente con el trabajo en el campo, son casi las únicas actividades posibles. Todas ellas con unos horarios interminables, sueldos bajos y trabajos muy duros, por lo que la prostitución es una de las actividades a la que muchas mujeres inmigrantes recurren, al menos en un primer momento. Pero la no regulación de esta actividad añade aún más dificultades: la imposibilidad de tener un contrato y, por lo tanto, acceder a legalizar su situación, las deja sin posibilidad de visitar a su familia (si salen del país no pueden volver) y con muy pocas posibilidades de insertarse en otros trabajos. Por otro lado, la ausencia de regulación facilita que las mafias y la prostitución forzada campen a sus anchas.

Cañadell, Rosa: ¿Hay que considerar a las prostitutas también como trabajadoras?

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