Había grupos de mujeres ancianas, vestidas de negro a la usanza de mujeres de pueblo –como personajes de García Lorca-; con sayas largas y pañuelos a la cabeza, arrugaditas como papel ajado, tristes. Con miradas que guardaban el estupor primero de ver a los suyos en la losa. Mujeres que parecían hechas en roca o en madera, que entre sus dedos deformados por el artritismo apretaban las cuentas del rosario. Que nada esperaban de la vida y que allí estaban porque se negaron a decir dónde se escondían quienes se escondieron. Se reunían en grupos silenciosos. Hablaban, sin lágrimas, de sus hijos muertos. |