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Noble dama de  altiva hermosura
Que entre lujo de espléndidas salas
Magnificas tu humana escultura,
Deslumbrante de joyas y galas,
Coronada de perlas la frente,
Como un mármol perfecta y radiosa,
Con tu porte de reina indolente
Y tus líneas augustas de diosa.

¡Si el valor de tus galas supieras
y aún guardas piedad en tus entrañas,
en raudales el llanto sintieras
resbalar por tus negras pestañas!

Para darte el fulgente tesoro
De esas perlas de oriente irizado
Que a tu frente se engarzan en oro,
¡cuántas vidas el mar se ha tragado!

No son perlas que fulgen radiosas…
¡Son las últimas gotas de llanto
que en las  muertas pupilas vidriosas
se quedaron cuajadas de espanto!

 

¿Esos limpios y vivos rubíes
Que en tus manos fulguran tan rojos,
Tal se encienden y sangran los ojos
De encelados y ardientes neblíes,
Arrancados no son del venero
De la sangre humeante y calina
Que ha sembrado algún pálido obrero
En la sombra espectral de la mina?

Por labrar ese encaje que cela
El cantor de su seno nevado,
¡cuánta casta doncella ha pasado
la frialdad de las noches en vela!

¡En silencio labrada esa alhaja,
medio muerta de sueño tosía,
a la par que la tisis tejía
en la sombra también su mortaja!

Bella dama que fuiste el encanto
De las nobles y espléndidas salas,
Abomina y desprecia tus galas…
¡vas vestida de sangre y de llanto!

Francisco Villaespesa, La balada del lujo

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