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Básicamente se han venido distinguiendo dos estereotipos sobre la población gitana, a los que se ha denominado de forma diversa. Por una parte, el estereotipo que podríamos llamar tradicional,  que “considera a los gitanos salvajes y sin cultura, supersticiosos y mágicos, sucios, ladrones, vagos, inmorales, etc.”,. Concibe, pues, al gitano como ser violento y primitivo, dedicado a actividades delictivas o, cuando menos, socialmente peligrosas. Y por otra, el estereotipo conservador, que “ve en el pueblo gitano valores de hospitalidad, castidad y fidelidad en la mujer, fuerte vinculación familiar, profundo amor a los hijos, sentido de protección masculina ante la mujer, desprendimiento y falta de apego a lo material…”. El gitano es visto, en este caso, como un ser apasionado y mágico, artista y libre de convencionalismos, amante de su familia y enamorado de la libertad. Esta

oposición tradicional / conservador puede recibir otros nombres, como en el caso de Jules Gritti, que las denomina predador versus trovador o romántico. A esta oposición binaria, algunos autores suman un tercer estereotipo, que no es tan frecuente y que se suele encontrar casi exclusivamente en el entorno del movimiento asociativo gitano, al que califican como nuevo, que “ofrece una versión del gitano perseguido, viviendo en  la pobreza, inmerso en un mundo en el que el individuo es libre y su medio social es igualitario, dotado de cualidades innatas comunitarias y distante del vértigo consumista de nuestra actual civilización”.

Humberto García Gonzáles-Cordón: Guía de intervención con gitanos en desventaja. Guía general para una buena cocina ¡perdón! Para una buena intervención

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