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Caudillo, jefe de Estado y de gobierno, rey en todo menos en el nombre, Franco gobernó con independencia de cualquier teoría que no fuera su compromiso de estilo propio, logrado ya durante la guerra civil, entre la Falange, la Iglesia, el ejército, los monárquicos y la industria, sostenido por un culto público a su persona, que debía más al siglo XX que al de Isabel y Fernando. Franco continuó tratando a sus aliados como si fueran de las tribus marroquíes que había conocido en su juventud. El aplazamiento sistemático de las decisiones fue su política más frecuente, la etiqueta, su preocupación constante, y el poder personal, su única ideología.
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Después de la guerra civil, España permaneció políticamente inmóvil durante más de treinta años, pero experimentó una revolución económica y social, de manera que se convirtió en uno de esos países, como Alemania y Japón, que han llevado a cabo la revolución industrial bajo la égida de un régimen autoritario de derechas.
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En cuanto a los vencidos, la historia., como profetizó Auden, ha lamentado sus suerte, pero no les ha ofrecido “ni ayuda ni perdón”. Muchos lucharon en la resistencia francesa, o integrados en el ejercito rojo; tal vez 10.000 murieron en campos de concentración – sólo en Mathausen hubo más de 10.000.

Hugh Thomas, La guerra civil española