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Sólo una crisis –real o percibida– da lugar a un cambio verdadero”. Eso decía Milton Friedman, uno de los mayores gurús del fundamentalismo del libre mercado. “Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”. Y eso es lo que ha hecho el neoliberalismo: imponer su ideología aprovechando las sucesivas crisis y desastres, ya fuera después de golpes militares (como en Chile y Argentina), tras una guerra (como la de las Malvinas o la de

Irak) o después de catastrophes naturales (como el tsunami en el Sudeste asiático o el huracán Katrina en Nueva Orleans). En todos estos casos, tras el shock inicial, con una sociedad tan desorientada como el prisionero al que se acaba de aplicar la picana o la privación sensorial, es el mejor momento para introducir drásticas reformas económicas sin apenas oposición popular. Y, en caso de que la hubiera, nada como otra dosis de terapia de choque (véase la Operación Cóndor en los países del Cono Sur) para que sirva de escarmiento.

Naomi Klein: La doctrina del Schok,
Paidós, Barcelona, 2007.

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