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Empezaron a bajar a toda prisa, carretera abajo, camiones llenos de obreros armados. Al pasar,  levantaban el brazo izquierdo y saludaban al modo del Frente Popular, con el puño cerrado y el brazo doblado. En la mano derecha llevaban pistolas, cargadas y listas para disparar, y nos saludaban alegremente.

-¡Salud! –gritaron desde uno de los camiones, blandiendo los puños y agitando las pistolas.

-¡Salud! –contestamos.

Los camiones pasaban cada vez más llenos y más deprisa, erizados de rifles, y sus ocupantes, blandiendo las pistolas, cantaban La Internacional. Llevaban marcadas a tiza las iniciales de todos los grupos de izquierda: los socialistas de la UGT, los anarcosindicalista de la CVNT, los anarquistas radicales d ela FAI…

En el morro de uno de los camiones se alzaba, como en el mascarón de proa de un barco, la figura de un joven anarquista con la bandera roja y negra apretada fuertemente contra su pecho. Sus ojos habían dejado de ver la calle del pueblo y los automóviles que pasaban; sólo veían, frente a él, ¡el mundo futuro! La humanidad libre y feliz, justa y buena, trabajo para todos, pan para todos, amor para todos. En su sueño nos conducía a todos hacia el mundo futuro.

La Tierra Prometida de la humanidad.

-¡Salud! ¡salud!

Woosley, Gamel: El otro reino de la muerte

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