La paradoja fue que la sublevación militar de 1936 –un golpe preventivo contra el proceso revolucionario- provocó exactamente lo que se proponía evitar: la revolución directa. El gobierno que se constituyó de manera inmediata, presidido por el republicano José Giral, “armó al pueblo”, es decir: entregó armas a los sindicatos. En otras situaciones los sindicatos y partidos revolucionarios tomaron e hecho el poder político y económico en muchas ciudades y provincias. El aparato gubernamental no desapareció pero durante mes y medio quedó reducido al mínimo, con el verdadero poder en manos de lo que se ha llamado una “confederación revolucionaria” de los partidos y movimientos de izquierda. Así surgió la verdadera “revolución española”, dentro de lo que se designaría como la “zona republicana”. No tiene un capítulo en las historias comparadas de las
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revoluciones del siglo XX, porque éstas tratas solamente de las revoluciones victoriosas, pero de trató sin duda de la revolución obrera más extendida y espontánea de Europa. Fue obra de los sindicatos y partidos obreros mismos –un movimiento de trabajadores- y no la consecuencia de un golpe de estado comunista o de una dictadura centralizada. La estructura político-económica de la revolución española no es algo que pueda ser definido según una fórmula única, porque variaba algo de ciudad a ciudad y de provincia a provincia. En cada lugar se formó una nueva alianza política según la correlación local de las fuerzas izquierdistas, y generalmente se estableció un control obrero sobre la industria y el sector servicios, mientras que en el campo se procedió a la creación de colectividades agrícolas. |