No se escucha lo ellas que tienen que decir, en gran parte porque lo importante es el símbolo que ellas perpetúan: «el velo, es el fin de la igualdad de sexos» decía, en síntesis, Elisabeth Badinter en una reciente entrevista en Libération. Otros dicen, con un deslizamiento semántico de envergadura, «aceptar la mercantilización de los cuerpos es el fin del feminismo». En todos los casos se trata de lo mismo, del símbolo. Se olvida las realidades que viven estas mujeres concretas, pero en cambio no se olvida tratarlas específicamente: por exclusión o por expulsión. Por su bien. O mejor dicho, por el bien de todas: contra la discriminación de las mujeres, contra la dominación masculina; las banderas son innumerables. Y sin embargo, de qué emancipación se habla cuando se mantiene a estas mujeres en una situación en la que su única elección es: cambiad vuestro comportamiento (quitándoos el velo o dejando la prostitución) y seréis libres. Lo que viene a significar: si seguís tan alienadas es porque queréis (por tanto, sois algo culpables), pero también que vuestra elección es la equivocada, así que tenemos que |
forzaros un poco, en nombre del derecho de todas las mujeres para salir de ahí. Es aquí, exactamente, cuando se entra en un sistema que es el de la victimización que mantiene en la exclusión. Y así se las mira como víctimas: para unas del islamismo galopante, para otras de las mafias esclavistas, o sea, los bárbaros, hombres extranjeros que vienen de países pobres: nuestras antiguas colonias y algunos territorios de Europa del Este, son los auténticos responsables. No nosotros. No los «occidentales» de cultura cristiana. Que no vendemos nada, no cambiamos nada, no explotamos a nadie, no tenemos problemas con el cuerpo, la religión, la discriminación sexista. Las víctimas son las otras. Así se continúa hablando en lugar de ellas. Así, no nos miramos a nosotros mismos. Y no se cambia nada en nombre del derecho universal. Anne Souyris: Prostitutas y mujeres con velo: las víctimas son las otras |