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Este mandato determina una serie de rasgos cuya suma constituye un modelo de mujer que se perfila a partir del sometimiento. Para su realización individual, ellas dependen de un príncipe que las rescate de un sueño, o de la condición indigna en que la bruja-madrastra las ha sumido, o del mandato de un rey-padre celoso que las ha rodeado de obstáculos (llámense pruebas o torres) para evitar que dejen de ser doncellas. Es decir que someterse al mandato amoroso-matrimonial convierte a la heroína en un ser radicalmente pasivo –pues su única actividad consiste en esperar, encerrada dentro de las fronteras de un ámbito doméstico – y cuyas "virtudes", más allá de una bondad abstracta y un abnegado espíritu de servicio, sólo consisten en adecuarse a una versión desmaterializada y convencional del cuerpo, ya que sus únicos rasgos son una belleza y una juventud arquetípicas.

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