La práctica ordinaria de la religión era percibida como un ámbito de dominancia femenina, respecto del cual los varones tendían a autoconsiderarse como extraños y cuyo contacto se vivía como un factor de desmasculinización.
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Asociar a las mujeres con las formas extrínsecas de culto era idéntico, por lo demás a confirmar a la mujer en sus estatuto de inferioridad, puesto que se le percibía como incluyéndose activamente en un universo simbólico muy devaluado, en un contexto en el que las modalidades no privadas de piedad religiosa, propias del cristianismo no reformado, eran entendidas como signos inequívocos de atraso cultural, primitivismo, resistencia a la modernidad, etc.
Manuel Delgado: La mujer fanática. Matrifocalidad y anticlericalismo en España. |