La súbita necesidad de proporcionar la fuerza de trabajo necesaria para unos procesos muy bruscos de industrialización en determinados territorios donde previamente no existía, demanda la incorporación masiva de las mujeres al proceso productivo, una mano de obra apreciada por su docilidad y su situación tradicionalmente subalterna, lo que permite abaratar aún más los sueldos, razón última de la externalización: la competencia a la baja entre los países en desarrollo por atraer inversionistas, a costa de una reducción de salarios que afecta principalmente a las mujeres, en particular a las habitantes de las zonas rurales y del sector informal urbano de la economía. El trabajo femenino se encuentra confinado en el extremo inferior de las escalas de sueldos y cualificaciones además de estar concentrado en las industrias maquiladoras y la industria textil, la horticultura y el servicio doméstico… mano de obra de bajo costo y en su mayoría no especializada. La precariedad de las condiciones de trabajo se concreta en un tipo de subcontratación informal, emparejada a la inestabilidad y temporalidad del empleo, al trabajo a destajo, incluso a veces domiciliario, a los bajos ingresos y a la escasez o a la ausencia total de prestaciones sociales. |