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Quantas veces se entra en las de Yndianas al asomarse a la sala de los tejedores, ver los pintadores y las mugeres que debanan se experimenta casi en todas un tufo tan caliente y sofocante que obliga a compadecerse de la triste suerte de aquella utilísima parte del Estado que en el mismo taller donde trabaja para ganar su vida destruie su salud con el aire Infeccioso que respiran.

En el taller se llega a dudar del sexo a que pertenecen: haraposas, sucias, medio desnudas, con la voz cascada y las facciones contraídas y descompuestas por una vejez prematura, no hay medio de convencerse de que forman parte del «bello sexo».

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